Había olvidado cómo era atenderse en un hospital del Estado. Me tocó recordarlo hoy. Esta vez, no iba por vacunas, sino por una revisión de mis ganglios inflamados. No negaré que, al comienzo, me sentía un poco pesimista. Supuse que podía ser algo feo o serio. De ahí, preferí confiar en Dios, ya que enfermarme sin tener seguro social sería demasiado después de todo lo que me ha pasado. Salí un poco tarde de casa y me equivoqué de hospital. La cita era en el hospital Santa Rosa y no, como en otras ocasiones, en el San José. Recién me di cuenta del cambio cuando ya estaba en el hospital equivocado. Ni modo, tuve que invertir más tiempo en llegar.
Y como era la primera vez que iba, pues perdí más tiempo tratando de averiguar dónde estaba Medicina General. Sabía que era probable que no encontraría un asiento en el pasadizo de espera, pero, al llegar, descubrí que ni siquiera iba a encontrar un espacio para estar de pie. Le entregué mi recibo a la enfermera con la esperanza de que en algo valiera haber sacado la cita con anticipación. Error, no servía de nada. Yo había llegado tarde y tarde me iban a atender. Next.
Estaba entre alterarme o acomodarme a la experiencia. Podía observar a todos los que también estaban en espera. Medicina General quedaba muy cerca de Pediatría, así que fue entretenido ver pasar a los bebés. Había uno hermoso cuya madre tuvo que detenerse a nuestra insistencia. También había una niña muy pálida que cerraba los ojos como si la luz la lastimara. La vi pasar dos veces. Algo decía mientras caminaba, pero no pude comprender. Cerca, había una pareja de enamorados. Ella era mayor que él. Al comienzo, sospeché que la consulta era para ella, porque veía que él la cuidaba mucho. Después, supe que ella lo estaba acompañando.
En un momento, no sabía si ir a los servicios higiénicos o resistirme. Volvía a ponerme de mal humor. Seguían sin llamarme, seguía de pie y estaba cansada. Finalmente, tuve que hacerlo. Eso me alivió. Al salir, me decidí a buscar un asiento. No daba más.
No fue nada sencillo. Antes de sentarme, debía asegurarme de que no hubiera una anciana o una madre gestante de pie. Era imposible que no hubiera alguna. Aparecían a cada instante. Fue ahí que vi a un joven que no oía. Es curioso, pero, con solo verlo, descubrías que algo le faltaba. Me pregunto si eso también se podía ver en mí.
Ya no sabía qué hacer con la espera. No podía ponerme los audífonos, ya que era un riesgo si me llamaban y no escuchaba. Solo me quedaba oír lo que a medias cantaba una adolescente cerca de mí. No cantaba bien, pero era amable. Quizás no notó lo que me falta en la vida, pero sí lo que necesitaba en ese momento. Me ofreció su asiento.
Recuperada, seguí esperando. Ya no quedaban muchos. Cuando me llamaron, fue emocionante. Por fin, después de tres horas, sería atendida.
Tuve suerte. La doctora Lupita fue muy paciente conmigo. Había oído sobre la crueldad e indiferencia de algunos doctores del Estado, pero ella era diferente. Conversamos sobre mi obesidad y lo que podría hacer para bajar de peso sin dañarme. Volveré dentro de un mes para ver cómo me fue.
Y la inflamación de mis ganglios no era seria ni fea. Lo agradezco.
Mañana, se va Aída. Odio despedirme...